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sábado , 26 mayo 2018
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Increibles casos, de contacto entre dimensiones.

Increibles casos, de contacto entre dimensiones.

Hay testigos de anomalías espaciales y temporales durante los encuentros más cercanos con OVNIs y humanoides.

Algo extraño se respiraba en el ambiente. Habíamos recorrido aquel camino de arena decenas de veces para llegar al corazón del Coto de Doñana (Huelva), pero aquella tarde iba a ser diferente.  Recorrimos los lugares habituales de observación mientras anochecía. Colocamos las máquinas fotográficas, las videocámaras y demás equipo, insertamos una cinta de música relajante en el radiocasete del coche y nos dispusimos a tomar algo de comida para soportar la madrugada con mayor entereza. A las 00:45 horas los tres exclamamos lo mismo: «¡Dios mío!, ¿eso qué es?».

Se trataba de una masa de luz compacta en tres colores diferentes que presentaba dos esferas brillantes en su perímetro. Una era de tonalidad roja intensa y la del extremo contrario ocre amarillenta. Ambas esferas, de mayor tamaño que un balón de baloncesto, estaban nítidamente unidas entre sí por una banda de color blanco que a modo de línea curva las conectaba por su parte superior, formando una especie de bóveda o cúpula luminosa. Del centro del OVNI partía un denso haz de luz que iluminaba el terreno. El No Identificado se encontraba a menos de cincuenta metros de nuestra posición y se elevaba apenas tres del suelo, porque rozaba las copas de los dos únicos árboles que había en aquella zona de marisma.

Fotografiamos y filmamos el objeto volador como pudimos, teniendo en cuenta los deficientes equipos con los que contábamos en aquella época. Incluso realizamos unas señales luminosas con una linterna de luz polarizada, momento en que el OVNI giró en lo alto y desapareció de nuestra vista en décimas de segundo. Tomó tal velocidad que simplemente pudimos contemplar a lo lejos una esfera roja del tamaño de una pelota de tenis que se perdía sobre el mar en el horizonte. Después de unos dos minutos, la aeronave desapareció de nuestra vista para siempre.

Lo realmente sorprendente es que cuando regresamos al automóvil, del que no nos habíamos separado en ningún momento más de diez metros, la cinta de música que acabábamos de insertar en el radiocasete estaba llegando a su final y el reloj del coche marcaba la 01:07. Habían transcurrido 22 minutos, cuando el avistamiento había durado poco más de dos. Hicimos toda clase de comprobaciones, repitiendo incluso cada uno de los movimientos que habíamos realizado, y la conclusión es que no era posible que hubieran pasado 22 minutos.

También nos cercioramos del estado de la cinta y de la fiabilidad del reloj. Todo estaba correcto. Por si no bastase, ¡los relojes de pulsera de los tres también atestiguaban el salto temporal! Adrián rompió el silencio: «Vámonos de aquí, hoy ya hemos aprendido todo lo que teníamos que aprender», repetía una y otra vez como musitando para sí mismo. Recogimos el equipo y nos marchamos de allí.

No fue la única experiencia que vivimos en la zona. Una noche de julio de 1977, alrededor de las 2:45 horas, conseguimos fotografiar un OVNI luminoso en forma de hongo que desprendía una serie de «figuras». Estábamos en la finca del Condesito, en las proximidades del Coto de Doñana. Un absoluto silencio inundó la zona, a la vez que algunos de los presentes, que en ese momento se encontraban en un pequeño bosque de eucaliptos cercano, permanecieron entre los árboles más tiempo del que deberían.

No sólo perdieron la percepción del espacio y el tiempo, sino que sintieron un intenso zumbido dentro de sus cabezas y contemplaron tres objetos voladores luminosos sobre ellos. Empleando una linterna emitieron señales luminosas hacia el último No Identificado, el cual se detuvo en lo alto y respondió encendiéndose y apagándose.

ENCUENTRO CERCANO EN LOS ANCARES

«Nos dirigíamos a Balouta. Era una de tantas excursiones que hacíamos por el Valle de los Ancares, en León, para conocer y disfrutar de la zona –nos narraba Julián–. Sólo que esta vez habíamos salido de la peluquería en donde trabajábamos alrededor de las ocho de la tarde y se nos echó el tiempo encima». Julián Alonso Velasco, Chelo Martínez Llamas, su hijo Alonso de nueve meses y Pablo de la Varga se dieron cuenta de que se estaba haciendo de noche, así que decidieron dejar el coche en el pueblo de Tejedo y ascender hacia una cabaña situada dos kilómetros antes de la cima del puerto. Pretendían pasar allí la noche y al día siguiente reiniciar la marcha hacia Balouta, al otro lado del valle.

Chelo se percató de que una luz anaranjada del tamaño de un faro parecía seguirles a lo lejos, pero no le dio ninguna importancia. A las 22:30 horas alcanzaron la caseta, desde la que se observa todo el valle. Esa noche del 18 de julio de 1977 no había ni una sola nube y la visibilidad era perfecta. Alrededor de las 22:45 horas, Julián y Paco se sentaron a la entrada de la construcción de madera, mientras María y el niño se quedaban en el interior.

De repente, un enorme resplandor blanco surgió en la parte alta del valle, tras la montaña, y acto seguido avistaron un objeto volador de forma circular y color butano. El OVNI desaparecía en un punto del horizonte y unos cinco minutos más tarde se materializaba en otro.

Así estuvo un buen rato, de modo que tuvieron tiempo de sobra para avisar a Chelo, que no quiso perderse el espectáculo. En cierto momento, el OVNI se aproximó tanto a ellos que la mujer decidió entrar en la caseta para proteger a su hijo de lo que pudiera pasar. Justo cuando el No Identificado pasó por delante de ellos, observaron un intenso fogonazo que «recorrió» el cielo de derecha a izquierda, hasta detenerse encima de un río situado a unos 150 metros de los testigos.

Julián describió el objeto volador como «una bola esférica enorme del tamaño de un autobús de dos pisos». Se quedó quieto durante unos 20 o 30 segundos y desapareció sin emitir ningún tipo de ruido.

Nuestro informante y su amigo ascendieron hasta la cima de la ladera para intentar observarlo por la otra vertiente del valle, y pudieron contemplar cómo una especie de estela blanca ascendía hasta perderse en el cielo. La sorpresa vino cuando miraron sus relojes y se dieron cuenta de que eran las dos de la mañana. Habían transcurrido casi tres horas y media, cuando ellos estaban convencidos de que el avistamiento había durado mucho menos tiempo.

¿Qué ocurrió realmente aquella noche en Los Ancares?

LA PUERTA QUE BAJÓ DE LOS CIELOS

La Sierra de Segura (Jaén) y los pequeño pueblos que la jalonan son de los lugares más bellos que conozco. En una de esas pequeñas localidades, mientras me tomaba algo en la balconada de un bar, una persona me narró un caso OVNI fascinante. Los hechos se remontaban a unos años atrás y habían tenido lugar en una casa perdida en la sierra.

A pesar de las indicaciones que me facilitaron, no resultó sencillo localizar dicha vivienda. Tuve que parar en numerosas ocasiones para preguntar a los vecinos que me iba encontrando si estaba en el camino correcto. Finalmente, llegué a una pequeña construcción con un amplio porche a modo de parasol. Una mujer muy extrañada por la visita salió a recibirme. El protagonista de la experiencia era su padre, que no se encontraba demasiado bien de salud. «No quiero que nadie le pregunte sobre eso porque puede alterarse», me dijo Carmen, que así se llamaba mi informante.

Di mi palabra de que nada contaría del suceso mientras ellos vivieran, ni publicaría sus identidades, y así lo hice durante décadas. Ahora que ninguno de los dos vive creo que es el momento de darlo a conocer. En la casa vivían Carmen, su hijo de siete años y el padre de ella, que había trabajado toda su vida en el campo.

Gracias a las exiguas pensiones de jubilación que cobraba él y a la de viudedad de ella, además de lo que obtenían de una pequeña huerta y unas gallinas, iban tirando mal que bien. Manuel, que así se llamaba el hombre, quería con locura a su nieto y cada tarde salían a pasear por los alrededores de la casa. Al pequeño le encantaban las estrellas, el croar de las ranas y el canto nocturno de los mochuelos y los autillos que abundaban en la zona. El abuelo le contaba historias y cada noche le «regalaba» una estrella. Le explicaba que los luceros se disponían en el cielo formando «dibujos» y que no había que asustarse de las estrellas fugaces porque eran deseos que se cumplían si uno sabía pedirlos.

Una de aquellas noches observaron unas extrañas luces en lo alto. Presentaban diversos colores y se desplazaban erráticamente, parándose de vez en cuando para reanudar de nuevo el «baile». Una de aquellas luminarias comenzó a descender, situándose a escasos metros de ellos, «como si fuera una bengala que cae al suelo», me explicaba Carmen. Al tocar el piso, se convirtió en una línea de luz que comenzó a elevarse hasta alcanzar unos dos metros de altura. Carmen me narraba la historia, mientras su padre estaba sentado a pocos metros de nosotros. No decía una palabra. Estaba perdido en su mundo, con una constante y leve sonrisa en su rostro.

 

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