Martes , 12 diciembre 2017
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Las profecías cumplidas de los extraterrestres que visitaron Málaga en 1910

Las profecías cumplidas de los extraterrestres que visitaron Málaga en 1910

Pedro Cortezo, pastor de la localidad malagueña de Ojén, mantuvo contactos con seres de otros mundos a principios del siglo XX. Lo sorprendente es que éstos le confiaron varias profecías que se cumplieron, además de proporcionarle ciertas capacidades psíquicas. Muchos vecinos de la población todavía recuerdan al bueno de Pedro, más conocido por el apodo de «el sabio». Esta es su historia…
Esteban Palomo

Exisiste una pequeña población en la provincia de Málaga que sirvió de escenario para una serie de acontecimientos milagrosos, prodigiosos y enigmáticos de los que aún hoy se habla. Situado entre la sierra Blanca y la sierra de la Alpujarra se encuentra Ojén, un pueblo en medio de montañas, de casas blancas y calles angostas, donde sigue resonando, en el legado de su memoria, la figura de Pedro Cortezo, más recordado como Pedro «el Sabio». Nuestro protagonista trazó su vida entre la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX. Era un hombre de campo, un cabrero que durante las jornadas dedicadas al pastoreo de sus animales solía perderse en la sierra que lo vio nacer y que conocía a la perfección. Gozaba de buena reputación ante los vecinos de Ojén, pues tenía fama de afable pese a su fornida condición física y mirada sufrida. Pedro era confiado y compasivo, siempre dispuesto a ayudar a cualquier ser vivo, humano o animal, que se encontrase en problemas.

Según describe la memoria de su pueblo, destacaba por su sensibilidad, pues en aquel entonces eran pocos los que se emocionaban al contemplar el hermoso paisaje dibujado por la naturaleza o dedicaban su tiempo a otear el firmamento durante las largas noches de invierno.

Vivió la mayor parte de su vida junto a su mujer sin llegar a tener descendencia, y tampoco tenía hermanos. Hombre de fe, solía frecuentar la iglesia y siempre compartía lo poco que ostentaba, ya que su oficio le proporcionaba lo justo para vivir. Pedro Cortezo llevaba una vida tranquila, aunque no exenta de esfuerzo y sacrificio. No obstante, su rutina se vería quebrantada por un acontecimiento que cambiaría su vida para siempre. Tal como recuerdan los vecinos de Ojén, ocurrió durante un caluroso día de verano de 1910, cuando Pedro contaba con 40 años de edad. Aquella mañana, como siempre, se despertó muy temprano con la intención de pastorear sus cabras por la inmensidad del monte. Tras varias horas en aquel hermoso entorno, se acercó a un arroyo donde solía parar a descansar junto a sus animales. Allí encendió un cigarrillo mientras las cabras pastaban junto al reguero de agua. Los árboles cubrían la roca donde se apostaba y los ramajes y arbustos impedían ver en la lejanía. Solo el arroyo mostraba el claro sinuoso de su recorrido.

«HEMOS EVITADO EL FIN DE LA TIERR
Era un pastor acostumbrado a la naturaleza, así que sus sentidos estaban bien agudizados y era capaz de percibir cualquier alimaña que se aproximase a él o a sus animales.

Sin embargo, no pudo sentir la llegada de un extraño individuo que pareció surgir de la nada. Llamaba la atención su figura estilizada y una vestimenta pegada al cuerpo. Según narró Pedro a varios amigos, «aquel forastero vestía como nunca antes había visto a nadie». El desconocido visitante entabló conversación con el atónito hombre, y comenzó a narrarle una increíble historia sobre la Tierra que atrapó inevitablemente la curiosa atención de éste. El «forastero» le dijo que nuestro planeta era custodiado y protegido por seres de otros mundos desde hacía milenios. Cortezo, aunque curioso y atento  a todo lo que escuchaba, no se las gastaba de ingenuo, y su primer pensamiento es que se trataba de un individuo que «no estaba bien de la cabeza». Ni corto ni perezoso, así se lo hizo saber a su interlocutor, quien respondió que no estaba hablando con ningún demente, sino que pertenecía a «una raza muy culta y de moral perfecta». Pedro y aquel sujeto charlaron durante horas, mientras compartían algunas naranjas, un poco de queso y algo de pan que el pastor portaba en su viejo y deteriorado zurrón.

En aquella conversación, el «forastero» le reveló que en el más remoto pasado «ellos» cambiaron el ángulo de rotación del planeta de 90º a 113º, modificando también la trayectoria de un gigantesco objeto cósmico para que impactase en  la Tierra, dando lugar de este modo a las cuatro estaciones. También le contó que tuvieron que destruir un satélite de la Tierra para hacerla más habitable,  y que hacía algunos años el cometa Biela iba a impactar contra nuestro mundo, de modo que un equipo de científicos extraterrestres disparó unos rayos desde Deimos  –el más pequeño de los satélites de Marte– para partir el cometa en dos y evitar una catástrofe que habría provocado la extinción de la especie humana y de otras animales. Sin embargo, uno de estos rayos alcanzó el planeta en la zona de Siberia, destruyendo un enorme terreno de bosque. El individuo le dijo a Pedro que ellos observaron cómo el Gobierno ruso se puso en contacto «con los sabios de la Sorbona y cómo éstos buscaron sin éxito alguno el cono de un uranolito (resto de bólido)». Sin duda, se estaba refiriendo al conocido evento Tunguska, que tuvo lugar en 1908 pero no se documentó hasta 1921, mucho después de la experiencia de Pedro. ¿Cómo pudo conocer nuestro protagonista tal suceso en un pueblo de Málaga en 1910?

En esa primera conversación, el visitante también reveló que tuvieron que destruir estrellas que emitían grandes cantidades de radiación que alcanzaban la Tierra, entre otras acciones con el fin  de protegernos. Dicho esto, el misterioso individuo abandonó el lugar, no sin antes advertirle que volverían a verse.

PROFECÍAS CUMPLIDAS
Aquel encuentro resultó ser el preludio de otros tantos, en los cuales el extraño forastero transmitía al cabrero retazos de una ciencia impensable para la época. Según se recuerda, Pedro Cortezo comenzó a frecuentar la iglesia de una forma más asidua y su actitud impregnaba de sosiego, paz y sabiduría a todos los que le rodeaban. El hombre empezó a vaticinar acontecimientos futuros de los que afirmaba ser conocedor gracias a los seres con los que hablaba, porque el primer visitante dio paso a otros de similares características. En principio, los vecinos lo convirtieron en epicentro de sus burlas, aunque el tiempo terminó demostrando que muchos de los eventos que pronosticó acabaron sucediendo. De modo que pasaron de reírse de él a llamarlo «el sabio», seudónimo por el que se le sigue recordando tras más de un siglo de aquel primer encuentro.

Los mayores de Ojén todavía rememoran las profecías de Pedro que se hicieron realidad, como cuando aseguró que el fuego iba a rodear el pueblo. Todos esperaban que se desencadenase un gran incendio, pero en realidad sucedió que en los siguientes años se produjeron pequeños fuegos que ciertamente formaron un círculo alrededor de la población, tal como había vaticinado «el sabio».

También predijo que las montañas que rodean a Ojén, algunas de unos 1.000 metros de altura y completamente escarpadas, serían escalonadas hasta sus cumbres.

Esto era algo inaudito para un pastor de montaña que vivió entre finales del siglo XIX y principios del XX, ya que el conocimiento tecnológico de la época no daba para tanto. Sin embargo, en la década de los 90 se puso en marcha un plan de reforestación de la zona, y se escalonaron todos los montes aledaños a la localidad con el objetivo de repoblarlos. También predijo una riada que llegaría a través de una de las calles que cruza el pueblo y que arrasaría con todo a su paso. Pocos le creye- ron, pero al poco tiempo una fuerte tormenta provocó un movimiento de tierra que desvió un gran torren- te de agua hacia la calle señalada por Pedro, provocando, tal y como había anunciado, graves daños. Pero nuestro protagonista también era capaz de adivinar muertes y nacimientos, tal como recuerdan los mayores del lugar.

«ME IRÉ CON LOS COSMONAUTAS»
Los encuentros de «el sabio» con los extraños visitantes se hicieron cada vez más asiduos
, pero pasado un tiempo dejó de compartir con sus vecinos estas experiencias, a la vez que daba muestras de nuevas capacidades aparte de las proféticas, como las sanadoras. Esto le proporcionó una enorme fama no solo en su pueblo, sino también en otros aledaños. Muchos acudían al humilde pastor para que pusiera fin o al menos disminuyera la gravedad de sus males. Desde Guaro, Monda, Coín, Alhaurín el Grande, Istán o Mijas, entre otros, visitaban a Pedro aquellos que sufrían alguna enfermedad. Éste los atendía, siempre sin descuidar su oficio de cabrero, porque no quiso enriquecerse con sus capacidades. Hizo de consejero, profeta y sanador, aunque jamás llegó a satisfacer la duda que todos le planteaban: ¿Quiénes eran esos seres con los que se comunicaba? ¿Se trataba de ángeles o de habitantes de otro planeta?

Pedro «el sabio» se mantuvo siempre fiel defendiendo sin tapujos la existencia de estos guardianes de la Tierra que le transmitían su amor por la naturaleza, el planeta y el universo. Como explicamos, su historia traspasó las fronteras que trazan las montañas de Ojén. En la hemeroteca encontramos un viejo artículo dedicado a su figura publicado en el diario Sur de Málaga el 26 de enero de 1968. En el reportaje, basado en las declaraciones de aquellos vecinos que recordaban  las andanzas de «el sabio», leemos lo siguiente: «Y éste habló en cierta ocasión a sus familiares de un largo viaje que iba a emprender con los desconocidos cosmonautas… Él, quizá, no retornase jamás a la Tierra, pero (decía) que nadie llorase, por- que en el infinito todo es posible».

UN AMIGO EXTRATERRESTRE
Casi un siglo después del primer encuentro de Pedro con el enigmático individuo, Ojén volvió a ser epicentro de una aparición insólita. En este caso, el protagonista fue Marino Amaya, un prestigioso escultor leonés afincado en la localidad malagueña. Ocurrió el 26 de septiembre de 1996 aproximadamente a las nueve de la noche, cuando Marino enjaulaba a los perros en un terreno de su propiedad. De repente, observó una extraña luminaria que cruzaba el cielo nocturno sobre la serranía.

Momentos después de aquel avistamiento comenzó a percibir un ruido, señal inequívoca de que «algo» estaba dentro de su propiedad. La zona es frecuentada por jabalíes, zorros, jinetas y otras alimañas, pero aquel sonido logró que el escultor se estremeciese. Incluso pensó que se trataba de alguien con no muy buenas intenciones. A pesar del miedo, el escultor decidió aproximarse lenta y prudentemente hacia los arbustos de donde procedían los ruidos. En cierto instante, Marino se giró, porque una potente y cegadora luz llamó su atención. De aquella luminosidad emergió un diminuto ser de unos noventa centímetros de estatura, muy delgado y cuyos largos brazos le llegaban hasta las rodillas. Aparentemente, la figura carecía de ropas, sus pies eran grandes y planos, su piel rojiza brillaba en mitad de la noche y en su inexpresivo rostro resaltaban dos grandes ojos azules.

Acto seguido, el ser se desplazó levitando hasta una roca cercana a Marino y comenzó a revelarle el porqué de su visita. Dijo que se había presentado ante el escultor por su naturaleza buena y bondadosa. Además, al igual que en el caso de Pedro «el sabio», aseguró que procedía de una cultura lejana que se preocupa- ba profundamente por el planeta Tierra. Tras aquel encuentro, que no se alargó más de media hora, Marino volvió a establecer contacto con el humanoide en repetidas ocasiones. Éste le revelaba mensajes referidos al cuidado de la Tierra y algunas predicciones, como la de un terrible atentado que iba a tener lugar en España en 2004, y que muchos vinculan con el ocurrido el 11 de marzo de ese año en la madrileña estación de trenes de Atocha.

Como recuerdo de su misterioso interlocutor, Marino Amaya decidió realizar una escultura de «mi amigo alien», tal como grabó en una placa a los pies de la talla. Aquella fi despertó ciertas discrepancias en el pueblo de Ojén. Lamentablemente, nuestro protagonista falleció en 2014, llevándose el secreto de sus asombrosas experiencias.

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