jueves , 21 febrero 2019
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Monte Nemrut, Turquia.

Monte Nemrut, Turquia.

El Monte Nemrut es un destino muy popular durante los meses de Julio y Agosto, cuando los turistas salen a observar al amanecer y el atardecer en excursiones organizadas desde el pueblo cercano de Kahta o el de Malatya. A mediados de Diciembre, cuando yo fui, allí no quedaba ni el apuntador. Ni había excursiones organizadas ni se las esperaba, así que me tocaba sacarme las castañas del fuego para encontrar mi camino hasta lo alto del gran Nemrut Dağı.
 

En el año 62 a.C., el rey Antíoco ordenó decapitar la montaña, cercenar su cumbre y crear una inmensa terraza para forjar su santuario y túmulo funerario. Allá en lo alto, cerca de los dioses y tan alejado del mundo terrenal como le era posible. Sus delirios de grandeza y/o su genialidad política le hicieron auto proclamarse un dios entre los vivos, creando un nuevo culto religioso e impulsándole a erigir estos gigantes de piedra que simbolizaban a él mismo entre los propios dioses.
Justo en el centro del complejo se emplazaría a posteriori su propia tumba, que habría de ser recubierta por piedras del tamaño de un puño, millones de rocas que conforman a día de hoy un túmulo de forma cónica con 50 metros de altura y 150 de diámetro, coronando la montaña y ocultando supuestamente el mausoleo en su interior. A simple vista, desde lejos, podría parecer la cima de una montaña más, hasta que al acercarte compruebas su forma demasiado perfecta, diseñada y levantada por la mano del hombre. De muchos hombres.
apolo, nemrutCabeza del dios Apolo en el Monte Nemrut
Los “Tronos de los Dioses”, como el propio rey Antíoco los denominó, estarían basados en unos cimientos que jamás serían derribados, según también sus propias palabras. Las estatuas se repartían en dos terrazas diferenciadas, una al lado este y otra al oeste del propio túmulo funerario. En ambas localizaciones se hallaban los dioses Apolo, Heracles, Tyche, y Zeus, entremezclados con la figura del propio rey, que se asimilaba en dimensiones y grandiosidad a los propios dioses. Originariamente, sentadas en sus tronos, alcanzaban los ocho o nueve metros de altura; pero ahora, muchos terremotos después, la naturaleza terminó por arrojar las cabezas de los dioses al suelo. Allí esparcidas son observadas más fácilmente, de tú a tú, aunque sin perder por un instante la magnificencia y el poder sobrecogedor, casi intimidatorio, de aquellas cabezas de piedra de entre dos y tres metros de altura.

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